En artículos anteriores hacíamos alusión a la singularidad que le confiere a nuestra arquitectura tradicional de ladrillo el hecho de que esté realizada utilizando la pasta de yeso como material de agarre en lugar de los morteros de cal habituales en casi todo el resto de la Península y del mundo.

Detalle de la Torre de la Magdalena. Zaragoza.

A muchos se nos enseñó en las escuelas de Arquitectura y de Arquitectura Técnica que el yeso no debía emplearse bajo ningún concepto en ambientes exteriores, pues era un material flojo y blando que se disolvía fácilmente en el agua. Cuál fue nuestra sorpresa al descubrir que, en Aragón, tenemos edificios realizados con ese material “deleznable” que han venido soportando durante siglos los rigores de la intemperie como si tal cosa y que, además, ha sido la práctica habitual hasta que comenzó a utilizarse el cemento Portland en la primera mitad del siglo XX. No nos enseñaron que, aunque se denomine de la misma manera, las propiedades de un yeso cocido a 1.000º en aquellos hornos antiguos de leña son bien diferentes a las del que ahora se obtiene en hornos rotatorios calentándolo a tan solo 180º. Pero vayamos por partes.

El yeso es uno de los materiales más abundantes en el valle medio del Ebro. Son esas piedras blancas con ese brillo especial que emiten los pequeñísimos cristales que tienen en su superficie. Químicamente, se trata de sulfato cálcico, una materia compuesta principalmente por tres elementos: azufre (S), oxígeno (O) y calcio (Ca). Su fórmula química es SO4Ca, es decir, moléculas formadas por un átomo de azufre, cuatro de oxígeno y uno de calcio. En la naturaleza, se encuentra combinado con dos moléculas de agua (H2O), es decir SO4Ca. 2H2O, lo que se conoce con el nombre de “sulfato cálcico bihidratado”. Nuestros antepasados siempre llamaron “aljezones” a esas piedras, expresión que procede de “aljez”, palabra de origen árabe-hispano que significa “yeso”. No es un material cualquiera, pues resulta muy singular. El aljezón, según haya cristalizado en un sistema o en otro, tiene diferentes propiedades y recibe distintas denominaciones. El de aquí es nada menos que el yeso alabastrino o alabastro, ese mineral tan preciado que, cortado en placas de espesor no superior a 3 cm, resulta traslúcido. Durante siglos, antes de la utilización del vidrio en la construcción, se usaba para tabicar los ventanales de las iglesias y catedrales, dejando pasar la luz con ese tamizado tan especial. En la Ribera Baja del Ebro todavía se sigue explotando para este fin y es muy cotizado.

Frente de cantera de alabastro a cielo abierto.

Desde muy antiguo, las gentes de por aquí descubrieron otra de sus propiedades. Calentados los aljezones al fuego y una vez enfriados, perdían su dureza y se pulverizaban fácilmente. Al mezclar ese polvo con agua, se formaba una pasta que endurecía en muy poco tiempo y servía para lo mismo que el barro, es decir, para asentar piedras y levantar muros, incluso para revestir las superficies de los mismos, pero con la particularidad de que adquiría una dureza muy superior a la del barro seco y que se adhería con mucha más eficacia.

La roca de yeso es de tipo sedimentario. Su abundancia en nuestro territorio es debida a que la depresión del Ebro, hace miles de años, era un brazo de mar que se fue secando. Las sales se fueron depositando formando esos estratos horizontales donde alternan las margas, arcillas y esas capas de roca blanca. Para su utilización en la construcción, se extraían los aljezones y se formaba un horno con ellos, apilándolos por capas, colocando abajo los de mayor tamaño, dejando un hueco en la parte inferior donde introducir la leña para su combustión. Terminado el montón, se remataba por la parte superior con las piedras más pequeñas para que el calor durara más. El hueco dejado en la base en forma de bóveda se llenaba con ramas secas a las que se prendía fuego, extendiéndose el calor de manera más o menos uniforme por toda la masa. La combustión duraba horas y alcanzaba temperaturas del orden de los 1.000ºC. Una vez que se enfriaba, se extendían las piedras sobre el terreno llano y se molían fácilmente con las ruedas de los carros tirados por abríos; también haciendo pasar ruedas de molino o lo que en agricultura se llamaban “molones” (grandes cilindros de piedra). Se recogía el polvo mezclado con la “granza” (granos sin terminar de triturar, incluso sin terminar de cocer) y ya tenían listo ese conglomerante para ser utilizado en sus obras.

Horno tradicional

Lo que realmente ocurría en ese proceso de cocción era que el material perdía, por evaporación, las dos moléculas de agua que estaban ligadas al sulfato. Es decir, el SO4Ca. 2H2O quedaba simplemente en SO4Ca, es decir, sulfato cálcico deshidratado (anhidrita), una materia ávida de agua que, al mezclarla con esta, vuelve a ser el sulfato bihidratado que siempre había sido en la naturaleza, encontrando de nuevo su equilibrio. Es cierto que regresa al SO4Ca. 2H2O y adquiere durezas muy aceptables, pero ya no será aquel alabastro de origen porque no cristaliza de la misma manera que lo había hecho en aquel proceso de largos milenios. Sin embargo, resulta un material de muy altas prestaciones para la construcción.

Jaime Carbonel Monguilán. Arquitecto Técnico.

Autor del libro «El Alminar de Tawust», las intervenciones en obras de restauración del patrimonio de Jaime Carbonel le han llevado a conocer los aspectos más singulares de la arquitectura tradicional aragonesa, como el uso del yeso como material de agarre en lugar del mortero de cal, que era lo habitual en el resto de casi todo el mundo. Su dedicación al estudio detallado de la torre de Santa María de Tauste arroja unos resultados sobre su datación bien diferentes de los que se han sostenido tradicionalmente. Unas conclusiones que afectan de manera muy positiva al pasado de Tauste y a las consideraciones sobre el verdadero origen de la arquitectura mudéjar aragonesa.

Artículos anteriores

La arquitectura zagrí y mudéjar en Aragón (I)

La arquitectura zagrí y mudéjar en Aragón (II): El caso de Tauste.

La arquitectura zagrí (IlI): Un poco de historia.

¿Por qué la llamamos “arquitectura zagrí”?

Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Zaragoza

Este sitio web utiliza cookies para mejorar su experiencia. Si continúa navegando consideramos que acepta el uso de cookies y nuestra política de cookies.

ACEPTAR
Aviso de cookies